La magia de ser Sofía es el último libro de Elísabet Benavent (@betacoqueta), hasta que el 6 de abril publique La magia de ser nosotros, la segunda parte de la bilogía que nos narra la historia de Sofía, una chica con licenciatura que sirve cafés en un local donde se reúne el encanto de distintos factores y que, desencantada del amor romántico, un día se da cuenta de que quizás lo que siente por el guapo antipático no es una atracción superficial, sino algo diferente a la amistad, algo distinto a lo que ha conocido hasta ahora.

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Miedo, tengo miedo

Me da miedo leer a Elísabet Benavent, porque tiene la capacidad de conmoverme con lo que escribe, porque consigue dibujar personajes entrañables con ese estilo tan personal que usa para hablar de sentimientos universales con la cercanía de una buena amiga que te escribe al correo para contarte cómo fue su historia antes de conocerla. Y la magia, no la de ser Sofía, sino la de escribir como lo hace Elísabet, consiste en lograr que con a penas dos párrafos reconozcas a ese personaje aunque no tenga nada que ver contigo e identifiques la situación en la que se encuentra por muy alejada que esté de cualquiera que hayas vivido… o no.

Líbrame de las aguas mansas

¿Por qué el miedo? Sencillo, una vez que has interiorizado las vivencias que se narran en la novela, una vez que tú también te has enamorado un poquito del muchacho en cuestión, entonces llega el momento en que la autora dice “ah, sí, qué divino todo… ¡verás ahora!”, y la historia da un giro doloroso que igual te veías venir, pero que la mayoría de las veces resulta, además, inesperado.

Por eso, cuando conocí a Héctor y a Sofía, ya a mitad del segundo capítulo, pensé “¿tú estás segura de querer seguir leyendo?, esto puede ser un dramón chungo, chungo y no tienes tú el cuerpo pa estas cosas ahora mismo”. Sin embargo, me lancé y… ¡cuánto me ha gustado!

Follar bonito en Madrid

De los que llevo leídos, este es el libro de Elísabet Benavent, ¡de momento!, que más me ha gustado. Quizás porque siempre he sido más de “follar bonito” en Madrid que de Sexo en Nueva York. Me llega más adentro la voz de una chica normal como Sofía, con formación e inteligencia pero sin posibilidades de explotarlas, consciente de que su cuerpo no se ajusta al canon vigente, capaz de transmitir luz a los demás sin caer en moñadas… que tías pijas, o con pretensión de serlo, enchufadas en trabajos súper cool, insatisfechas con su existencia porque el jefe solo las quiere para tirárselas y poco más, que rechazan al atontao de turno ya sea porque les mete demasiado la lengua en la boca, tarda mucho en correrse o al hablar se le mueven las orejas, mientras se desviven por su vestuario o las calorías que tendrá el menú. ¡Y no voy a dar nombres!

Inciso: Ayuntamiento de Madrid, Suma de letras o quien sea, ¿para cuándo una ruta de las muchas que describe esta valenciana en sus libros? ¿Las hay y no me he enterado? De verdad que refleja tan bien esa sensación de bares pequeños y calles grandes, llenos de gente y vidas a todas horas, de rincones peculiares en lugares insospechados… pero es que Madrid es así. Fin del inciso y del momento #OrgulloMadrileño.

Buscar el amor genera infelicidad

Algo común a todas esas protagonistas del estilo Sex in the City era su ansia por enamorarse, mucho, mucho, pero destilando un escepticismo y una pose de estar de vuelta de todo que… Igual están hablando mis prejuicios, sí, pero cuesta creer que ahí haya posibilidades de nada. Y no es que Sofía no arrastre un pasado doloroso y no esté desencantada, pero le sobra esa magia necesaria para continuar creyendo en las personas, en su capacidad para dar y ofrecer amor sin necesidad de llevar la actitud y las intenciones tatuadas en la frente.

Desde luego, a mí, como lectora y como mujer, me tenía ganada ya en el renglón en que Sofía admite que cuando se dio cuenta de lo infeliz que se sentía al estar en constante búsqueda del amor, sin encontrarlo, decidió abandonar la cruzada y sencillamente disfrutar de la vida según venía, de su familia y sus amigos, que le daban otro tipo de amor pero igualmente válido.

Además de magia

Quizás, eso no es del todo cierto. Probablemente sería más justo decir que me tenía ganada desde la primera mitad del segundo capítulo, a través de la poca información que la autora tuvo margen para introducir sobre la protagonista femenina, con quien irremediablemente sentí una empatía muy personal.

Sofía es filóloga, aunque nunca ha podido ejercer de nada relacionado. A Sofía le cuesta entrar en una talla 44, eso y su 1,70 de altura la hacen sentirse incómodamente grande. Sofía no se obsesiona con su outfit ni con las marcas, solo quiere sentirse guapa y segura. Sofía encuentra un trabajo muy por debajo de sus posibilidades, ¡sin enchufes ni jefes buenorros dispuestos a atarla a la cama!, pero allí es feliz compartiendo sonrisas con las personas que deciden sentirse acogidas durante un ratito (otra cosa es que a Lolo le hubiera dado por fumarse lo mismo que a Estela y luego tuviera que dejarlo, ¡aguántalo tú!). Sofía ha de escuchar muchas veces que podría estar haciendo algo mejor, que está desperdiciando su vida y su talento. Sofía ha sufrido y no tiene demasiadas ganas de volver a hacerlo. La madre de Sofía se ha escapado del sótano de Iron Heights… Y así.

Héctor, un tío normal

Por fin, el protagonista masculino es un hombre normal y corriente. No es millonario, ni burgués, ni niño de papá con pisazo, ni actor, ni modelo, ni cantante, ni astronauta… Héctor es normal para bien. No le va el cuero (¡es vegetariano!), ni los tríos como modus operandi habitual, ni las orgías, ni el BDSM, bueno… solo el sexo un poco sucio con algún azote por ahí, pero sin que llegue la sangre al río ni hagan falta contratos. Normal, normal, un hombre de los que te puedes encontrar en cualquier cafetería, pero con el físico de Michiel Huisman. Esto último tampoco es muy difícil, lo que suele suceder es que lo saben, y si un guapo sabe que es guapo… apaga y vámonos.

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De Michiel Huisman nos encaprichamos en Orphan Black, nos mató mucho en Game of Thrones y nos dejamos con mucho gusto, y nos salvó de caer en un sopor profundo en The Age of Adaline

Madurez

Sofía está a punto de cumplir los 30 y le entra el bajón porque, quieras que no, es inevitable hacer balance. Si no quieres tú, ya se ocuparán los demás de empujarte a hacerlo. Sin embargo y sin caer en paternalismos condescendientes y machistas, el personaje de Héctor, con 34, llega para demostrarle que la vida no se mide en números ni en años, que la ilusión siempre es joven y que, al madurar, los sueños se transforman en deseos tangibles que satisfacen el alma y no la vanidad.

Por su parte, Sofía le recuerda a Héctor lo que es vivir con sencillez, sin esa presión constante que supone cumplir las exigencias de alguien más. Héctor comienza a vivir su propia vida, no la de otra persona.

Dream a Little Dream of Me

Si hablase de los amigos de Sofía, me eternizaría. Pero he de decir que me he reído con ellos, en especial con Abel y su sicomoro. Esto se debe a que cuando empecé a leer novelas románticas, las elegía en inglés (¡misterios!) e incomprensiblemente en la mayoría, en cuanto había árboles en escena, aparecía el famoso sycamore. Llegué a pensar que tendría algún significado idílico o sentimental, cual cerezo en flor o algo así. Y era tremendo, porque acto seguido mi mente empezaba a reproducir Dream a Little Dream of Me, de Ella Fitzgerald. Así que cada vez que Abel soltaba lo de sicomoro, yo no podía evitar cantar “Stars shining bright above you, night breezes seem to whisper I love you, birds singing in the sycamore trees… dream a little dream of me”.

¿He dicho ya que eché de menos a Amaia?

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Las vistas desde la ventana de Sofía

Peligro: spoiler

La más bella historia de amor que tuve y tendré

Y de una canción a otra. Pero esta vez, por mucho que se asemejase a un cuento de hadas, como Héctor le decía a Lucía que había sido lo suyo juntos, quiero creer que Elísabet no dejará que sea ese verso de Serrat el que precisamente describa al final lo que nuestro protagonista masculino siente por ella. De hecho, espero que le deje a Lucía, de la que no hemos escuchado voz, encontrar quien sí le pueda dedicar canciones de amor sin tristezas. Porque, por mucho que adoremos todos a Sofía, si por un momento hubiéramos tenido en primera persona el punto de vista de Lucía, creo que la historia nos hubiese parecido mucho más dura y hubiéramos pedido que llevasen a Héctor a la hoguera. Acordémonos de Alba, Hugo y Nico…

El vocabulario de los balcones

Esa canción y la bonita forma de comunicarse de ventana a ventana que tienen Sofía y Héctor, me hizo pensar, mientras lo leía, en la película de Juan Vicente Córdoba, Aunque tú no lo sepas, que se basa en El vocabulario de los balcones, relato de Almudena Grandes, y esta a su vez se inspiró para escribirlo en el poema de su marido, Luis García Montero, también titulado Aunque tú no lo sepas del libro Habitaciones separadas. Y, sí, la canción que Quique González le escribió a Enrique Urquijo originalmente, y que luego fue versionada por El canto del loco, está inspirada en el poema de García Montero. Canción, relato y película, para que luego digan que la poesía no es enorme.

Quería ser breve, pero… hablando de libros, ¡me pierdo!

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